Principe y mendigo
Principe y mendigo Toda la asamblea estaba ya de pie y casi fuera de sus cabales por la inquietud, la aprensión, el temor y la devoradora excitación. En el piso y en la plataforma estalló un zumbido ensordecedor de conversaciones frenéticas, y durante algún rato nadie supo ni oyó nada, ni se interesaba por nada sino por lo que su vecino le gritaba al oído, o por lo que gritaba al oído de su vecino. El tiempo pasó rápidamente, desatendido e inadvertido, nadie supo cuánto, sin que se percataran de ello. Finalmente un repentino silencio reinó en el recinto, y en el mismo momento St. John apareció en la plataforma, con el Gran Sello enarbolado. Entonces se elevó este grito:
—¡Viva el verdadero rey! —Durante cinco minutos la atmósfera se estremeció con los gritos y con el estrépito de los instrumentos musicales y se tomó blanca con una tormenta de pañuelos ondeantes; y en medio de todo aquello un muchacho andrajoso, la figura más conspicua de Inglaterra, permanecía emocionado y dichoso y orgulloso en el centro de la espaciosa plataforma, con los grandes vasallos del reino arrodillados a su alrededor.
Luego se levantaron todos y Tom Canty exclamó:
—Ahora, ¡oh, rey!, recobrad estas regias prendas, y dad al pobre Tom, vuestro criado, sus andrajos y jirones.
El lord protector habló: