Principe y mendigo
Principe y mendigo —Sabed todos, damas, lores y caballeros, que éste es mi fiel y bien amado servidor, Miles Hendon, que interpuso su buena espada y salvó a su prÃncipe del daño corporal y posiblemente de la muerte; y por eso es caballero por nombramiento del rey. Sabed también que, por un servicio más señalado, en que salvó a su soberano de los azotes y de la vergüenza, tomándolos sobre sÃ, es par de Inglaterra, conde de Kent, y tendrá el oro y las tierras que convienen a su rango. Más aún: el privilegio que acaba de ejercer es suyo por concesión real, porque hemos ordenado que él y sus principales descendientes tengan y conserven el derecho de sentarse en presencia de la majestad de Inglaterra de hoy en adelante, generación tras generación, mientras subsista la corona. No lo molestéis.
Dos personas que, por retraso, apenas habÃan llegado del campo aquella mañana, y que llevaban sólo cinco minutos en la sala, se quedaron escuchando aquellas palabras y mirando al rey, y después al espantapájaros, y luego otra vez al rey, en una especie de torpe aturdimiento. Éstos eran sir Hugo y lady Edita. Pero el nuevo conde no los vio. Estaba aún con la vista fija en el monarca, en forma ofuscada, y diciéndose: