Principe y mendigo

Principe y mendigo

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—¡Cuerpo de mí! ¡Éste mi mendigo! ¡Éste mi lunático! ¡Éste es aquel a quien yo iba a enseñarle lo que era grandeza, en mi casa de setenta habitaciones y veintisiete criados! ¡Éste es el que no había conocido nunca más que andrajos por vestido, puntapiés por consuelo y bazofias por alimento! ¡Éste es el que yo adopté y al que haría respetable! ¡Si Dios me diera un saco para esconder la cabeza!

De pronto recordó sus modales y cayó de rodillas con las manos entre las del rey, y le juró fidelidad y le rindió homenaje por sus tierras y sus títulos. Luego se levantó y se retiró respetuosamente a un lado, blanco aún de todos los ojos, y de muchas envidias también.

Ahora el rey reparó en sir Hugo, y dijo, con airada voz y mirada encendida:

—Despojad a ese ladrón de su falso boato y de sus bienes robados, y encerradlo con llave hasta que yo lo requiera.

Sir Hugo, sir hasta hacía poco, fue retirado. Se sintió bullicio en el otro extremo del salón. Apartáronse los concurrentes, y Tom Canty, extrañamente vestido, pero con gran lujo, avanzó, por entre aquellos muros vivientes, precedido de un ujier. Se arrodilló delante del rey, quien le dijo:


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