Principe y mendigo
Principe y mendigo El pobre Tom escuchó el principio de esas palabras lo mejor que le permitió su mente turbada, pero cuando percibieron sus oídos las palabras «el buen rey», su semblante palideció y sus rodillas dieron en el suelo, como si le hubieran hecho hincarse a viva fuerza. Alzando las manos exclamó:
—¿Eres tú el Rey? ¡Entonces estoy perdido!
Estas palabras parecieron aturdir al monarca, cuyos ojos vagaron de rostro en rostro sin objeto alguno, y se quedaron clavados en el niño que tenía delante. Por fin dijo con tono de profundo desencanto:
—¡Ay! Creía yo el rumor desproporcionado a la verdad, pero me temo que no es así. —Y exhalando un profundo suspiro prosiguió con dulce voz—: Ven a tu padre, niño. No te encuentras bien.
Con ayuda ajena se puso Tom en pie y se acercó humilde y tembloroso a la Majestad de Inglaterra. El rey, cogió entre sus manos el rostro asustado y lo contempló un rato, con ahínco y amorosamente, como buscando en él algún agradable signo de que le volvía la razón; después estrechó la rizada cabeza contra su pecho y la acarició tiernamente. Por fin dijo:
—¿Conoces a tu padre, niño? No rompas mi viejo corazón. Di que me conoces. ¿Me conoces o no?
—Sí. Tú eres mi venerable señor el rey, que Dios guarde.