Principe y mendigo
Principe y mendigo —Cierto, cierto. Eso está bien. TranquilÃzate, no tiembles asÃ. Nadie aquà te harÃa daño. Aquà no hay nadie que no te ame. Ahora estás mejor. Ha pasado la pesadilla, ¿no es asÃ? Y ahora sabes también quién eres tú. ¿No es asÃ? ¿No volverás a llamarte de otro modo, como dicen que has hecho poco ha?
—Ruego a Tu Gracia que me crea. No he dicho sino la verdad, muy venerable señor, porque soy el más humilde de tus súbditos, pues nacà mendigo y estoy aquà por una triste desgracia y por accidente, aunque en ello no llevo culpa. ¡Soy muy joven para morir y tú puedes salvarme con una palabrita! ¡Oh!, ¡dila, señor!
—¿Morir? No hables asÃ, dulce prÃncipe. ¡Paz, paz a tu apenado corazón! Tú no morirás.
Tom volvió a caer de rodillas con un grito de alegrÃa.
—Premie Dios tu bondad, ¡oh, rey mÃo!, y te guarde mucho tiempo para bien de tu reino.
Poniéndose en pie de un salto volvió el jubiloso rostro a los dos lores que lo acompañaban y exclamó:
—¿Lo habéis oÃdo? No voy a morir. El rey lo ha dicho.
Nadie se movió, salvo que todos se inclinaron con grave respeto; pero nadie habló. Él vaciló, un tanto confuso; se volvió tÃmidamente al rey diciéndole:
—¿Puedo irme ya?