Principe y mendigo

Principe y mendigo

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—¿Irte? Seguramente, si lo deseas. Pero ¿por qué no te quedas aún un poco? ¿Dónde vas a ir?

Tom bajó los párpados y respondió humildemente:

—Por ventura he comprendido mal; pero me he creído libre y así me disponía a buscar el tugurio donde nací y me eduqué entre miserias, pero que cobija a mi madre y a mis hermanas, y por ello es hogar para mí, al paso que esta pompa y estos esplendores a que no estoy acostumbrado… ¡Oh, señor, ten la merced de dejarme partir!

El rey permaneció silencioso y meditabundo un momento, y su rostro denotó dolor y desasosiego crecientes. Por fin dijo con algo de esperanza en su voz:

—Tal vez esté loco sólo en cuanto a ese punto y tiene intactos los sesos en lo tocante a otros asuntos. ¡Quiera Dios que así sea! Haremos la prueba.

Hizo después una pregunta a Tom en latín y Tom le respondió desmayadamente en la misma lengua. El rey estaba encantado, y lo demostró. Los lores y los médicos mostraron también su contento. El rey dijo:

—No fue según su instrucción y su talento, pero demuestra que su mente está sólo enferma, no herida fatalmente. ¿Qué te parece a ti, señor?

El médico aludido hizo una gran reverencia y replicó:

—Mi propia convicción, rey y señor mío, es que has adivinado la verdad.


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