Principe y mendigo
Principe y mendigo —¿Qué? ¡Tú aquà todavÃa! Por la gloria de Dios, si no vas en seguida a lo de ese traidor, tu mitra holgará mañana por falta de cabeza que adornar.
El tembloroso canciller respondió:
—¡Imploro el perdón de Vuestra Majestad! Sólo esperaba por el sello.
—¿Has perdido el juicio, hombre? El sello pequeño, que antaño solÃa yo llevar conmigo de viaje, está en mi tesoro. Y, puesto que el gran sello ha desaparecido, ¿no bastará? ¿Has perdido el juicio? ¡Vete! Y escucha: no vuelvas aquà hasta que me traigas su cabeza.
El pobre canciller no tardó en retirarse de esta peligrosa vecindad; ni perdió tiempo la comisión en dar el asenso real a la obra del esclavizado Parlamento, y designado el dÃa siguiente para la decapitación del primer par de Inglaterra, el desafortunado duque de Norfolk[5].