Principe y mendigo

Principe y mendigo

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Los asombrados ojos del pobre Tom vagaron sobre este pasmoso espectáculo, y finalmente se posaron un momento, como en sueños, sobre las arrodilladas princesas que tenía a su lado, y luego sobre el conde de Hertford. Una resolución súbita se mostró en su rostro. Dijo, en voz baja, al oído de lord Hertford:

—Respóndeme en verdad, por tu fe y por tu honor. Si yo aquí diera una orden, la cual nadie sino un rey tuviera el privilegio y la prerrogativa de dar, ¿sería obedecido tal mandato, y ninguno habría que pudiera decirme que no?

—Ninguno, mi señor, en todos estos dominios. En tu persona reside la majestad de Inglaterra. Tú eres el rey; tu palabra es ley.

Tom respondió en voz alta y gravemente, con gran animación:

—Entonces sea la ley del rey, ley de misericordia desde este día, y nunca más sea ley de sangre. Levantaos y marchad. ¡A la Torre, y decid que el rey decreta que el duque de Norfolk no debe morir[7]!

Estas palabras fueron alcanzadas y corrieron diligentemente de boca en boca a lo largo y ancho del salón, y cuando Hertford se apresuraba a salir resonó otro prodigioso grito:

—¡El reinado de la sangre ha terminado! ¡Viva Eduardo, rey de Inglaterra!


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