Tom Sawyer en el extranjero

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—Sí, decían tacos. No quiero decir con esto que fueran despotricando por ahí como Ben Miller, ni tampoco que los dijeran del mismo modo. No, ellos utilizaban las mismas palabrotas, pero las colocaban de diferente manera, porque habían sido enseñados por los mejores maestros, y sabían cómo utilizarlas, lo cual es algo que Ben Miller no sabe. Él sólo pilla un taco de allí, otro de acá y otro de más allá, y no ha tenido ninguna persona competente que le enseñe. Pero ellos sí sabían. No era un acto frívolo el despotricar al azar, como el de Ben Miller, que comienza por cualquier parte y acaba en ningún sitio, no: era algo realizado científica y sistemáticamente; además era muy severo, solemne y terrible, no era algo para que lo oyeras y te rieras o te mantuvieras a distancia, como suele hacer la gente cuando ese pobre ignorante de Ben Miller empieza con lo suyo. Ahora bien, Ben Miller es el tipo de persona que puede estar insultando a alguien sin parar durante una semana, y eso no influiría en la persona más que el cacareo de un ganso; pero era una cosa completamente distinta cuando, en la Edad Media, un Papa educado para decir tacos los juntaba todos y se los echaba encima a algún rey, o a un reino, o a un herético, a un judío o a cualquiera que no le complaciera o que necesitara un repaso. No lo hacía a tontas y a locas, no: cogía al rey o a cualquier otra persona, y comenzaba desde arriba, insultándolo todo a lo largo, hasta llegar abajo, y lo hacía con sumo detalle: comenzaba con los pelos de su cabeza, los huesos de su esqueleto, los oídos de sus orejas, la vista de sus ojos, el aire en los orificios nasales, en sus partes vitales, sus venas, sus extremidades y sus pies, sus manos, la sangre y la carnes del cuerpo entero; continuaba con los amores de su corazón, con sus amigos, lo retiraba del mundo, despotricaba contra cualquier persona que le ofreciese comida para comer, o agua para beber, o cobijo y cama, o harapos para cubrirse cuando se estaba congelando. ¡Diablos! Era fenómeno hablar de esa manera de despotricar, y era la única en este mundo que merecía la pena llevarse a cabo: el hombre quedaba completamente derribado, su país derribado, mejor hubiese sido que se muriera cuarenta veces. ¡Ben Miller! ¡Se cree que él sabe insultar! ¡Vaya! El obispo campesino más pobre de la Edad Media, con un solo caballito, podría superarle ampliamente. En nuestros días, no sabemos lo que es decir tacos.


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