Tom Sawyer en el extranjero
Tom Sawyer en el extranjero Pero la cosa no acabó allÃ. Aquel hostigador siguió acosando al derviche, volviendo una y otra vez, hasta quedarse con los cien camellos. Entonces quedó satisfecho y, más agradecido que nunca, dijo que nunca en su vida olvidarÃa al derviche, que nadie antes habÃa sido tan bueno y generoso con él. Asà que se estrecharon nuevamente las manos, se separaron otra vez, y prosiguieron cada uno por su lado.
Pero, veréis: no habÃan transcurrido ni diez minutos, cuando el camellero ya estaba de nuevo insatisfecho —era el reptil más rastrero que habÃa en los siete condados— y regresó al encuentro del derviche. Esta vez lo que pretendÃa era que el derviche le frotara el otro ojo con un poco de ungüento.
—¿Para qué? —preguntó el derviche.
—¡Oh, ya sabes! —respondió el camellero.
—Ya sé ¿qué? —dijo el derviche.
—Bueno, no puedes engañarme —dijo el camellero—. Estás intentando ocultarme algo, lo sabes muy bien. ¿Sabes?
Creo que si me pones bálsamo en el otro ojo veré muchÃsimas más cosas valiosas. Anda…, por favor, ponme más bálsamo.
El derviche le contestó: