Tom Sawyer en el extranjero
Tom Sawyer en el extranjero Sí, señor, eso era. Ya lo teníamos completamente aclarado. Perecieron enterrados bajo una tormenta de arena, y por eso los animales salvajes no habían podido con ellos, ya que el viento los había descubierto cuando ya eran puro hueso, trozos de cuero resecos, imposibles de comer. Me pareció que lo sentíamos tanto por aquella pobre gente y estábamos tan tristes por ella como lo hubiéramos estado por cualquier otra, pero estaba equivocado; la muerte de esta última caravana nos afectó mucho más, muchísimo más. Veréis, la gente de la otra caravana nos era totalmente ajena, unos completos extraños con los que no estábamos ni siquiera familiarizados, excepto tal vez con el hombre que miraba a aquella muchachita. Pero con esta última caravana, todo era muy distinto. Habíamos estado siguiéndolos durante toda la noche y gran parte del día, y los sentíamos como si fuesen amigos nuestros, como si de verdad los conociéramos. Me he dado cuenta de que no hay manera más segura de saber si te gusta de verdad alguien que viajar con él. Lo mismo había sucedido con aquella gente. Nos gustaron desde el principio, y viajar con ellos acabó por confirmarlo. Cuanto más viajábamos con ellos y conocíamos sus costumbres, más y más nos gustaban, y eso hacía que nos sintiéramos más y más alegres de continuar tras ellos. Aprendimos a conocer a algunos tan bien, que les habíamos puesto nombre para hablar de ellos, y muy pronto teníamos tanta confianza que dejamos de lado el señorita y el señor, y los llamábamos por el nombre a secas. Esto no nos parecía descortés, sino que estábamos haciendo lo correcto. Claro que aquéllos no eran sus nombres, se los habíamos puesto nosotros. Había un señor Alexander Robinson y una señorita Adaline Robinson, un coronel Jacob McDougal y una señorita Harriet McDougal, un juez Jeremiah Butler y un joven Bushrod Butler: la mayoría de éstos eran los grandes jefes, llevaban enormes y magníficos turbantes y cimitarras e iban vestidos como el Gran Mogol, al igual que su familia. Pero tan pronto como empezamos a conocerlos bien y a gustarnos más, ya no los llamábamos juez, ni señor ni nada, sino Ellek, Addy, Jake, Hattie, Jerry, Buck, y así sucesivamente.