Tom Sawyer en el extranjero
Tom Sawyer en el extranjero Pero yo ya no sentía el menor interés por tales cosas, en vista de que no podíamos llevarnos la arena, y aquello me descorazonó bastante, como también a Jim. Tom intentaba animarnos diciendo que él se encargaría de especular con otra cosa que fuese tan buena como aquélla, o tal vez mejor, pero no servía de nada: nosotros no creíamos que existiera ningún otro negocio mejor que aquél. Fue un trago muy difícil, hacía apenas un instante que éramos tan ricos, podríamos haber comprado un país e iniciado un reino, en el que seríamos famosos y felices, y de repente volvíamos a ser pobres y miserables otra vez, con tan sólo arena entre las manos. La arena nos había parecido tan hermosa antes, tanto como si fuera de oro y diamantes, su tacto era tan suave, bonito y sedoso… y ahora, la sola vista de ella me ponía enfermo, y sabía que nunca más me sentiría contento hasta no verla desaparecer, hasta que no la quitásemos del globo y dejase de recordarnos lo que pudimos haber sido y lo poco a lo que habíamos quedado reducidos. Los otros sentían lo mismo, yo lo sabía, pues se pusieron contentos en el momento en que les dije: «¡Tiremos esto por la borda!».