Tom Sawyer en el extranjero

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En cuanto nos acercamos un poco más, vimos cómo la arena amarilla terminaba en un borde largo y tieso como una manta y que se unía, borde con borde, con un amplio campo de color verde brillante, el cual era atravesado a su vez por una cuerda serpenteante y torcida que, según decía Tom, era el Nilo. Aquello hizo que mi corazón saltase de alegría otra vez, pues el Nilo era otra de las cosas que, para mí, tampoco eran reales. Ahora bien, os puedo contar una cosa absolutamente cierta: si os ponéis a tontear a lo largo de miles de kilómetros de arena resplandeciente por el sol, que hace que vuestros ojos se llenen de lágrimas sólo de mirarla, y si habéis estado haciéndolo durante más de una semana, el campo verde os hará sentir como en casa y en la gloria de tal manera que los ojos se os llenarán de lágrimas otra vez. Al menos, eso me pasaba a mí, y también a Jim.

Y cuando Jim pudo creer que era la tierra de Egipto la que estaba viendo, no pudo resistir seguir mirándola de pie, sino que se puso de rodillas y se quitó el sombrero, porque decía que un pobre y humilde negro no era digno de llegar hasta allí, si no era en esa posición, ya que se trataba de una tierra en donde habían estado tantos profetas como Moisés, José y Faraón. Jim era presbiteriano, y tenía mucho respeto por Moisés, que también era presbiteriano, según decía él. Estaba tan conmocionado, que dijo:


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