Tom Sawyer en el extranjero
Tom Sawyer en el extranjero Jim estaba de rodillas apretando las manos, mirando a la cosa con gesto suplicante, moviendo los labios pero sin poder articular palabra. Yo tan sólo eché una ojeada, y ya estaba marchitándome de nuevo, cuando Tom dijo:
—¡No está viva, bobalicones! ¡Es la Esfinge!
Nunca habÃa visto a Tom parecer tan pequeñito como una mosca; y eso era, porque la cabeza de la Esfinge era tan enorme y atroz. Atroz, sÃ, eso es lo que era, pero ya no resultaba espantosa, pues se trataba de un rostro noble y un poco triste, y parecÃa que no estaba pensando en ti, sino en otras cosas lejanas. Era de piedra, de piedra rojiza, con la nariz y las orejas maltrechas. ParecÃa como si la hubiesen tratado mal, y te sentÃas triste por eso.
Nos detuvimos un poco, volando por los alrededores, y nos parecÃa grandiosa. Tal vez su cabeza era la de un hombre, o quizá la de una mujer; su cuerpo era el de un tigre de unos treinta y ocho metros de largo, y tenÃa también un primoroso y pequeño templo en medio de las garras de adelante. Toda la Esfinge, salvo la cabeza, habÃa estado enterrada en la arena durante cientos, tal vez miles de años; sin embargo recientemente habÃan desenterrado la entrada al pequeño templo. DebÃa haberse necesitado muchÃsima arena para tapar a aquella criatura; quizá la misma cantidad que llevarÃa enterrar un barco de vapor, o por lo menos eso me parecÃa a mÃ.