Tom Sawyer en el extranjero

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Desconectamos la energía del globo, volamos un poco hacia atrás y nos situamos encima de ellos. Entonces pudimos comprobar que estaban todos muertos. Aquello nos dio escalofríos; nos hizo bajar el tono de voz y comenzamos a susurrar, como suele hacer la gente en los funerales. Por fin, nos dejamos caer suavemente, y detuvimos el globo. Tom y yo descendimos por la escala, y nos colocamos entre ellos: allí había hombres, mujeres y niños. Estaban resecos por el sol, oscuros, marchitos y duros como la suela de un zapato, como las figuras de momias que se ven en los libros. Sin embargo, tenían una apariencia tan increíblemente humana, que parecían estar sólo dormidos. Algunos estaban tumbados de espaldas, con los brazos extendidos sobre la arena; otros estaban de lado; unos más, boca abajo, de forma muy natural, aunque también era cierto que mostraban los dientes más de lo habitual. Dos o tres estaban sentados. Una era una mujer, con la cabeza echada hacia atrás y un niño tendido en su regazo. Un hombre, también sentado, con los brazos rodeando sus rodillas, miraba fijamente con sus ojos sin vida a una jovencita que estaba completamente extendida delante de él. Tenía un aspecto tan lúgubre que daba lástima verle. Nunca habréis contemplado un lugar tan inanimado como éste. Al hombre le caía un mechón de pelo negro sobre las mejillas, y, cuando la más leve brisa lo agitaba, a mí me daban escalofríos porque parecía que estaba moviendo la cabeza.


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