Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo -Pero, ¡rayos y centellas! -dije-. ¿Acaso no tengo que encontrar ese castillo? ¿Y de qué otra manera podría hacerlo? -Vaya vaya, dulce señor mío, a mi parecer, se puede dar respuesta fácilmente a esa pregunta: ella os guiará. Siempre ocurre así. Cabalgará con vuestra merced.
-¿Cabalgar conmigo? ¡Tonterías!
-Pues, en verdad que lo hará. Cabalgará con vuestra merced. Ya lo veréis.
-¿Qué? ¿Recorrer las colinas y explorar los bosques conmigo, solos, cuando estoy prácticamente comprometido con otra? ¡Caracoles! Es escandaloso. Piensa en lo que podría pensar la gente.
Vaya, ¡qué cara puso el muchacho! Estaba ansioso por enterarse de los detalles de este tierno asunto. Le hice prometer que guardaría el secreto, y entonces susurré su nombre: «Puss Flanagan». La expresión que apareció en su rostro era de desilusión; comentó que nunca había oído hablar de esa condesa. Era apenas natural que el pequeño cortesano le asignara un rango. Me preguntó dónde vivía.
-En la parte este de Hart... -caí en la cuenta y me contuve, ligeramente desconcertado; después de un momento dije-: No te preocupes por eso, ya te lo diré más adelante.