Un yanqui en la corte del rey Arturo

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¿Y podría verla? ¿Le permitiría yo que la viese algún día? Bueno, qué me costaba prometérselo. El muchacho estaba tan ansioso... Y si era capaz de esperar mil trescientos años... Se lo prometí, pero no pude evitar que se me escapara un suspiro. Y, sin embargo, era un suspiro sin sentido, pues ella no había nacido todavía. Pero así somos: cuando se trata de sentimientos no razonamos; sencillamente sentimos. Mi expedición fue el tema de conversación ese día y esa noche; los muchachos estaban muy amables conmigo, me dieron ánimos, parecían haber olvidado su enfado y desencanto, y ahora se mostraban tan ansiosos de que expulsara a esos ogros y pusiera en libertad a las ancianas y maduras vírgenes como si fueran ellos mismos quienes hubiesen recibido el encargo. En el fondo, eran buenos chicos, pero nada más que chicos. Y me dieron toda clase de instrucciones sobre cómo encontrar gigantes y cómo apresarlos, y me enseñaron diversos conjuros para contrarrestar sus encantamientos, y me cargaron de pomadas y otras porquerías para aplicar en mis heridas. Pero ni a uno solo se le ocurrió detenerse a pensar que si yo era un nigromante, tan maravilloso como pretendía ser, no debería necesitar ni pomadas, ni instrucciones, ni amuletos contra los encantamientos, y menos armas o armaduras para efectuar una incursión del tipo que fuese, incluso contra dragones que escupiesen fuego o diablos recién salidos del infierno, y mucho menos en una incursión contra adversarios tan mezquinos como los que me esperaban, unos cuantos ogros comunes y corrientes de regiones lejanas y atrasadas.


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