Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Se suponía que tomaría el desayuno muy temprano y saldría al amanecer, según la costumbre, pero las pasé moradas para ponerme la armadura, y esto me retrasó un poco. Es bastante complicado meterse dentro de uno de esos armatostes, y hay que estar pendiente de muchos detalles. Primero, te tienes que enrollar una o dos capas de mantas alrededor de tu cuerpo, que hacen las veces de cojín y te aíslan un poco del frío hierro; luego, te colocas las mangas y una camisa de cota de malla -que consiste en pequeñas argollas de acero entrelazadas, de modo que el material resulta tan flexible que si la dejas caer al suelo adquiere la forma de una red de pesca húmeda-; la cota de malla es muy pesada y debe de ser uno de los atuendos más incómodos para utilizar como pijama y, sin embargo, muchas personas le dan ese uso: cobradores de impuestos, reformadores, reyes de pacotilla poseedores de dudosos títulos y gente por el estilo; después te calzas los zapatos, unas barcazas planas cubiertas por tiras de acero intercaladas que les sirven de techo, y te colocas unas engorrosas espuelas en los talones. Acto seguido te pones tus espinilleras y tus musleras; luego les corresponde el turno al peto y al espaldar, y en ese punto ya empiezas a sentirte algo apabullado; a continuación insertas en el peto una especie de enaguas con anchas tiras de acero superpuestas, que te cuelgan por delante, pero que por detrás se resuelven en pliegues que te impiden sentarte y te dan un aspecto que no se diferencia mucho del de un cubo de carbón invertido; luego te ciñes la espada, te pones unas tuberías en los brazos, guanteletes de hierro en las manos, en la cabeza, una ratonera que lleva atada a la parte de atrás un pedazo de telaraña de acero, y estás listo, tan confortable como una vela en un candelero. Realmente, no es el atuendo más apropiado para salir de baile. Un hombre así embalado es como una nuez que no merece la pena partir: es muy poca carne para tanta cáscara.