Un yanqui en la corte del rey Arturo

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En estos casos no se te permite subir al caballo por tu propia cuenta, no; si intentaras hacerlo te lo impedirían. Te llevan cargado, de la misma manera que se lleva a la botica a un hombre que acaba de sufrir una insolación, te ponen sobre el caballo, te ayudan a que te acomodes y colocan tus pies en el estribo. Durante todo ese tiempo te sientes extraño y sofocado, como si no se tratase de ti, igual que debe sentirse una persona que de repente se ve obligada a casarse, o es alcanzada por un rayo, o algo por el estilo, y todavía no acaba de comprender lo que ha ocurrido y se encuentra aturdida y desorientada. Luego colocaron el enorme mástil, al cual llaman lanza, en un hueco, junto a mi pie izquierdo, y lo así con una mano; finalmente me colgaron el escudo del cuello, y entonces estuve listo para levar anclas y zarpar. Todos se mostraron muy amables conmigo, y una dama de honor trajo una copa y me dio a beber la espuela con sus propias manos. No quedaba más quehacer, salvo que la doncella subiese a mi caballo y montase a mi grupa, lo cual hizo a continuación, agarrándose a mí con lo que debía ser su brazo. Partimos. Los presentes nos despedían agitando sus pañuelos o sus yelmos. Y todas las personas a quienes encontramos al descender la colina o mientras atravesábamos los pueblos nos saludaban respetuosamente, con excepción de unos chiquillos harapientos que se hallaban a las afueras del pueblo.


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