Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Dos días después, hacia el mediodía Sandy comenzó a dar señales de excitación y de febril ansiedad. Me dijo que nos acercábamos al castillo del ogro. Sentí un desagradable sobresalto. Me había ido olvidando poco a poco del motivo de nuestra empresa, y esta repentina resurrección lo convertía por un momento en algo real y alarmante, y despertaba en mí un interés inusitado. La excitación de Sandy crecía minuto a minuto, y la mía también, porque ese tipo de cosas son contagiosas. Mi corazón comenzó a latir con violencia. Con un corazón no se puede razonar; tiene sus propias leyes y se pone a latir por cosas que desdeña el intelecto. Al cabo de un momento Sandy descendió del caballo, me hizo señas de que me detuviera y se dirigió a hurtadillas hacia unos arbustos que bordeaban una pendiente, el cuerpo agazapado, la cabeza gacha hasta casi tocar las rodillas. Los latidos de mi corazón se hicieron aún más violentos y veloces, y así continuaron mientras ella se emboscaba entre los arbustos y examinaba lo que había más allá de la pendiente. En cuclillas y sigilosamente me acerqué hasta ella. Sus ojos ardían mientras señalaba con un dedo tembloroso algún punto en la distancia y me decía en un susurro jadeante:
-¡El castillo! ¡El castillo! Mirad dónde se vislumbra.
¡Qué agradable decepción sentí!