Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo -¿Castillo? -pregunté-. ¡Pero si no es más que una pocilga! Una pocilga rodeada por una valla de zarzas.
Sandy pareció asombrada y afligida. La animación desapareció de su rostro, y durante un buen rato se mantuvo pensativa y silenciosa.
-Antaño no estaba encantado -dijo finalmente, como si estuviese musitando para sus adentros-. Extraño prodigio éste, y terrible, que a vuestros ojos aparezca encantado y reducido a un aspecto ruin y vergonzoso, mientras mi percepción no sufre encantamiento alguno, y se yergue firme y majestuoso, ceñido por su foso y ondeando en el cielo azul las banderas de sus torres. Y que Dios nos proteja; qué dolorosas punzadas siente mi corazón al contemplar de nuevo a las cautivas y comprobar cómo la pena ha grabado huellas aún más profundas en sus dulces rostros. Somos culpables nosotros, pues mucho hemos tardado.
Comprendí entonces lo que ocurría. El castillo estaba encantado para mí, no para ella. Hubiese sido una pérdida de tiempo tratar de sacarla del engaño; sería imposible. Era más sencillo seguirle la corriente, así que dije: