Un yanqui en la corte del rey Arturo

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-Es algo muy común, Sandy, que un objeto se presente como encantado a los ojos de una persona, mientras conserva su forma real para los demás. Habrás oído hablar de ello, aunque nunca lo hayas experimentado en cabeza propia. Pero no hay daño en este caso. De hecho, es una suerte que haya ocurrido de esta manera. Si estas damas apareciesen como puercos a los ojos de todo el mundo y de ellas mismas, sería necesario romper el encantamiento, lo cual puede resultar imposible si no se consigue descubrir el proceso particular que se utilizó en su formulación. Y además, muy arriesgado, porque al intentar un desencantamiento sin contar con la verdadera clave estás expuesto a cometer un error que transforme a los cerdos en perros, los perros en gatos, los gatos en ratones, etcétera, y puedes terminar por reducir los sujetos de tu desencantamiento a la nada, o a un gas inodoro, que sería imposible seguir..., lo cual, por supuesto, viene a ser más o menos lo mismo. Pero en este caso por fortuna, son únicamente mis ojos los que se encuentran bajo los efectos del encantamiento, por lo cual no valdría la pena disolverlo. Estas damas siguen siendo damas para ti y para ellas mismas y para todas las demás personas, y al mismo tiempo no sufrirán perjuicio alguno a causa del engaño de que soy víctima, pues para mí es suficiente con saber que lo que parece ser un marrano es en realidad una dama y, en consecuencia, sabré darle el tratamiento que merece.


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