Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo -Ah, gracias, dulce señor mío; habláis como un ángel. Y sé muy bien que habréis de liberarlas, porque estáis dispuesto a acometer grandes hazañas y sois caballero tan diestro con vuestras manos y tan valiente en vuestro proceder como cualquier otro caballero en vida.
-No dejaré ni una princesa en la pocilga, Sandy. ¿Por ventura aquellos tres que a mis ojos desordenados aparecen como famélicos porqueros son?...
-¿Los ogros? ¿También están trocados ellos? Me deja estupefacta. Y también amedrentada, pues, ¿cómo podríais acertar vuestros golpes si os son invisibles cinco de sus nueve codos de estatura? Ah, proceded con prudencia, gentil señor; veo que os espera una empresa más descomunal de lo que yo había anticipado.
-Cálmate, Sandy. Todo lo que necesito saber es qué cantidad de ogro permanece invisible, y con esa información podré localizar sus órganos vitales. No tengas miedo. Despacharé en un santiamén a estos porqueros de pacotilla. Quédate donde estás.