Un yanqui en la corte del rey Arturo

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Sandy se quedó de hinojos, pálida como un cadáver, pero esperanzada y animosa, y cabalgué hasta la pocilga, donde concluí un trato con los porqueros. Me gané su gratitud comprando todos los cerdos por la suma global de dieciséis peniques, bastante superior a las tarifas más recientes. Y había llegado en un momento oportuno además, porque al día siguiente deberían presentarse la Iglesia, el señor feudal y el resto de los recaudadores de impuestos y se hubiesen llevado gran parte de las existencias dejando a los porqueros escasos de cerdos y a Sandy sin princesas. Pero esta vez los recaudadores podrían ser pagados en efectivo, con lo cual habría además menos riesgos. Uno de los hombres tenía diez hijos y me contó que cuando, el año anterior, vino el señor cura y eligió el cerdo más gordo para cubrir su correspondiente diezmo, la esposa se le había abalanzado y, ofreciéndole uno de los hijos, le había dicho:

-Mala bestia sin misericordia alguna en las vísceras, ¿por qué me dejas el hijo si me robas los medios para alimentarlo? Curiosamente, lo mismo había ocurrido en el país de Gales en mis tiempos, bajo la misma Iglesia oficial, que, según muchos, había cambiado de naturaleza cuando cambió de disfraz.



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