Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Despedí a los tres hombres y, mientras abría la puerta del corral, le hice señas a Sandy de que se acercara..., y así lo hizo; pero no exactamente de forma pausada, sino más bien con la velocidad de un incendio de pradera. Y cuando se precipitó sobre los puercos, con lágrimas de gozo rodando por sus mejillas, apretándolos contra su corazón, besándolos, acariciándolos, dirigiéndose a ellos con altisonantes y principescos nombres, sentí vergüenza de ella y sentí vergüenza del género humano.