Un yanqui en la corte del rey Arturo

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Teníamos que llevar los cerdos a casa, a unos quince kilómetros, y debo decir que nunca he conducido damas más caprichosas y obstinadas. Se negaban a seguir cualquier camino o sendero, se desbandaban a cada momento, escapando en todas las direcciones, perdiéndose entre las rocas, subiendo por las colinas más empinadas o buscando los terrenos más escabrosos. Y no me era permitido golpearlas ni abordarlas bruscamente. Sandy no permitiría que utilizase modales que no fuesen dignos de sus altos rangos. Hasta la más vieja y fastidiosa de las cerdas tenía que ser llamada mi lady o Alteza, como todas las demás. Resulta dificil y fatigoso tratar de reunir a un grupo de cerdos traviesos cuando vas recubierto por una armadura. Había una condesa con un anillo de hierro en el hocico y muy poco pelo en el lomo que daba mucha guerra. Tuve que perseguirla durante una hora por todo tipo de terreno, y al final nos encontramos en el mismo sitio donde habíamos empezado, sin haber progresado un solo pelo. La agarré por el rabo y así la llevé un buen trecho, a pesar de sus agudos chillidos. Cuando Sandy se dio cuenta se mostró horrorizada y me dijo que era una indelicadeza de la más baja estofa arrastrar a una condesa por sus trenzas.




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