Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Llegamos con los cerdos a casa justo al oscurecer... con la mayoría de ellos, quiero decir. Habíamos perdido a la princesa Nerovens de Morganore y a dos de sus damas de compañía, a saber, la señorita Angela Bohun y la doncella Elaine Courtemains, la primera de ellas una joven cerda de color negro con una estrella blanca en la frente, y la segunda, una puerca de color marrón de patas flacas y una leve cojera en el pernil delantero del lado de estribor. Tengo que decir que eran dos de las cerdas más insoportables que he conocido en toda mi vida. También había entre las desaparecidas unas cuantas baronesas..., y por mí hubiesen podido seguir desaparecidas; pero no, había que encontrar todo ese tocino de modo que mandamos a varios sirvientes provistos de antorchas a buscarlas por los montes y colinas.
Por supuesto que toda la piara fue alojada en la casa y, ¡por mis pistolas!, jamás había visto nada semejante. Ni había tenido que oír nada semejante. Y tampoco había olido nada semejante. Parecía una insurrección en una fábrica de gases.