Un yanqui en la corte del rey Arturo

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Y suspiró entonces de un modo tan lastimero que resolví que removería por lo menos una de las costras de su abundante colección, aunque tuviese que poner en peligro toda mi influencia. Así es que fui a ver al abad y le solicité un permiso especial para este hermano. Al escuchar mi petición el abad se puso muy pálido... Bueno, no es que lo viese palidecer, lo cual, desde luego, resultaba imposible de no haberlo restregado vivamente, lo cual yo no estaba dispuesto a hacer, pero el caso es que yo sabía que se había quedado lívido, y que detrás de una costra del espesor de un libro estaba blanco y tembloroso.

-Ay, hijo mío -me dijo-, pedid cualquier cosa que deseéis y os será concedida, y además de manera magnánima por este corazón agradecido... ¡Pero esto, ay, esto! ¿Pretendéis que se seque de nuevo la fuente bienaventurada?

-No, padre, no se va a secar. Poseo un conocimiento misterioso que me indica que se cometió un error al juzgar que la instauración del baño había causado la ruina de la fuente.

El semblante del anciano comenzó a animarse con un visible interés.

-Mi conocimiento me informa -proseguí- que el baño no fue la causa de ese infortunio, sino que se debió a un pecado de género muy diferente.


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