Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo -Son palabras arriesgadas, pero... pero... bienvenidas, si encierran la verdad.
-Así es, con seguridad. Déjeme construir de nuevo el baño, padre. Déjeme construirlo de nuevo yla fuente manará eternamente.
-¿Lo prometéis? ¿Pero lo prometéis? ¡Decid la palabra que espero, decid que lo prometéis!
-Lo prometo.
-¡Entonces, yo mismo tomaré el primer baño! Pronto, empezad de una vez. No demoréis más, manos a la obra. Mis muchachos y yo nos pusimos a trabajar en seguida. Las ruinas del antiguo baño permanecían intactas en el sótano del monasterio. No faltaba ni una piedra. Habían sido abandonadas tal cual, y durante siglos habían sido rehuidas por todos con el piadoso temor que se tiene por las cosas sobre las cuales ha recaído una maldición. En dos días reparamos todo y llenamos el baño de agua, un agua corriente que era transportada y evacuada por las antiguas tuberías y que formaba un espacioso y claro charco. El abad mantuvo su palabra y fue el primero en probarlo. Entró en el baño negro y tembloroso, mientras el resto de la comunidad lo esperaba afuera ansiosa, preocupada y plagada de oscuros presentimientos, pero salió blanco y dichoso, con lo cual la partida se definía a mi favor. Un triunfo más en mi haber.