Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo -Me ha dejado sin habla la frivolidad de esta persona. Sépanlo todos, si por ventura hay alguien que no lo supiese de antemano, los encantadores de mi rango no se dignan ocuparse de las acciones de quienes no sean reyes, príncipes, emperadores, es decir, gente de gran alcurnia; son ellos y solamente ellos quienes merecen nuestro interés. Si este individuo me hubiese preguntado lo que hacía el rey Arturo, el gran rey, hubiese sido muy diferente, y le habría contestado, pero los actos de un súbdito me tienen sin cuidado.
-Ah, entonces te había entendido mal. Pensé que habías dicho «cualquier persona», y supuse entonces que «cualquier persona» incluía a ... bueno, a cualquier persona, es decir, a todas las personas.
-Así es; cualquier persona de alta cuna, y mejor aún si es de sangre real.
-Paréceme que bien puede ser así -dijo el abad, viendo su oportunidad para suavizar las cosas y evitar un desastre-, pues no es probable que un don tan maravilloso como éste haya sido otorgado para revelar los quehaceres de personas tan inferiores a aquellos que nacen de las cumbres de grandeza. Nuestro reyArturo...
-¿Os gustaría saber de él? -interrumpió el encantador. -Mucho me gustaría, y además os lo agradecería.