Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo De nuevo, todos estaban llenos de reverencia e interés. ¡Qué incorregibles idiotas! Observaban los encantamientos totalmente absortos, y de tanto en tanto me miraban como queriendo significar: «Bueno, pues ya ves, ¿y ahora qué vas a decir?». De repente anunció el mago:
-El rey está fatigado después de una cacerÃa, y desde hace dos horas descansa en palacio, durmiendo sin soñar nada. -¡Sea por siempre bendito! -exclamó el abad, persignándose-. Y quiera Dios que ese descanso traiga alivio para su cuerpo y su alma.
-Y asà serÃa si estuviese durmiendo -dije-, pero el rey no está durmiendo, el rey está cabalgando.
De nuevo se presentaba un problema, un conflicto de autoridades. Nadie sabÃa a cuál de los dos creer, pues a mà todavÃa me quedaba algo de reputación. El mago echó mano de todo su desdén y dijo:
-¡Pardiez! Son muchos los magos, adivinos y profetas que he conocido en los dÃas de mi vida, pero ninguno capaz de llegar hasta el corazón de las cosas sin mover un dedo y sin recurrir a la ayuda de encantamiento alguno.
-Debes estar viviendo en una cueva y por eso estás tan atrasado de noticias. Yo también uso encantamientos, como esta cofradÃa bien sabe, pero sólo en ocasiones importantes.