Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo -En aquel instante, un pensamiento se interpuso farragosamente en mi majestuoso sueño de...
-Una actitud más humilde, milord gentil rey, y deprisa. ¡Bajad la cabeza! ¡Más!... ¡Aún más! Tiene que estar muy gacha...
Lo hizo como mejor pudo, pero sabe Dios que no era suficiente. ParecÃa tan humilde como la Torre Inclinada de Pisa. Era lo más que se podÃa decir. De hecho, tuvo un éxito tan estrepitosamente escaso que provocó ceños de perplejidad en toda la comitiva e incitó a un airoso lacayo que caminaba a la zaga a levantar el látigo contra él. Tuve el tiempo justo de saltar y colocarme debajo cuando éste cayó. Escudándome en las sonoras carcajadas que siguieron le recomendé al rey con firmeza que no lo tuviese en cuenta. De momento conseguà calmarlo, aunque no fue tarea fácil, pues hubiera querido tragarse a la comitiva entera.
-PondrÃa fin a nuestras aventuras cuando apenas han comenzado -dije-. Además, completamente desarmados nada podrÃamos hacer contra una banda armada. Si queremos que nuestra empresa prospere no sólo tenemos que parecer campesinos, sino también actuar como silo fuéramos.
-Sabiamente has hablado, sir jefe; nadie podrÃa negarlo. Prosigamos. Observaré y aprenderé mejor y haré lo mejor que pueda.