Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Cumplió su palabra e hizo las cosas como mejor pudo, pero los he visto mejores. Como un chiquillo inquieto, descuidado y emprendedor, que pasa el dÃa saltando de una travesura a otra mientras la preocupada madre tiene que estar siempre pendiente de él, salvándole por los pelos de ahogarse o romperse la crisma con cada nuevo experimento, asà estábamos elrey y yo.
Si hubiera imaginado que las cosas iban a tomar este cariz, lo hubiese pensado antes de comprometerme a acompañarlo. Si a alguien le apetece ganarse la vida paseando a un rey disfrazado de campesino que lo haga. Más a gusto me sentirÃa adiestrando fieras salvajes, y seguramente sobrevivirÃa más tiempo. AsÃ, pues, durante los tres primeros dÃas no le permità entrar en choza o cobijo alguno. Nos vimos confinados a pequeñas posadas y a caminos menores, lugares donde correrÃamos menos riesgo de que el rey fuese descubierto durante los comienzos de su noviciado. SÃ, es cierto que hizo todo lo que pudo, pero ¿y qué? A mà no me pareció que mejorase lo más mÃnimo.
Me ponÃa nervioso constantemente, pues irrumpÃa con las ideas más disparatadas en los sitios y ocasiones más inesperados. El segundo dÃa, al atardecer, ¡qué otra cosa se le ocurre hacer sino sacar un puñal de entre sus vestiduras!
-¡Rayos y centellas, mi señor! ¿Dónde lo habéis conseguido?