Un yanqui en la corte del rey Arturo

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-De un contrabandista que se encontraba anoche en la posada.

-Pero, ¡por vida mía! ¿Qué os impulsó a comprarlo?

-Hemos escapado de varios peligros con astucia... con tu astucia, pero he pensado que sería prudente que yo también lleve un arma. Por si la tuya fallase en un apuro.

-Pero a las gentes de nuestra condición no les está permitido llevar armas. ¿Qué diría un señor o cualquier otra persona de diferente condición si sorprendiese a un insolente campesino en posesión de un puñal?

Fue una suerte que no pasase nadie por allí en ese momento. Al final le convencí de que se deshiciese del puñal, pero no fue más fácil que convencer a un niño de que desista de ensayar una brillante y novedosa manera de matarse. Caminamos un rato en silencio, cavilando, hasta que dijo el rey:

-Cuando veis que estoy pensando algo que resulta inconveniente o que encierra algún peligro, ¿por qué no me lo advertís para que ceje en el empeño?

Era una pregunta sorprendente y me quedé estupefacto. No supe cómo tomarla ni qué contestar, así que terminé por soltar un comentario bastante obvio:

-Pero, majestad, ¿cómo podría saber cuáles son vuestros pensamientos?


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