Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo No es correcto llamar «trabajo» a la labor intelectual. Se trata de un placer, de una disipación que encierra en sí misma una recompensa. El peor pagado de los arquitectos, ingenieros, generales, autores, escultores, pintores, conferenciantes, abogados, legisladores, actores, predicadores o cantantes está literalmente en la gloria cuando trabaja. Y en cuanto al mago del violín, que se sienta en medio de una gran orquesta y se deja arrastrar por corrientes de música divina, pues, ¡vaya!, ciertamente está trabajando si queréis llamarlo así, pero, ¡santo cielo!, no deja de ser una ironía. Las leyes que rigen el trabajo son tremendamente injustas, pero están ahí, y nada puede cambiarlas. Cuanto más placer consigue de su labor el trabajador, mayor es el pago que recibe en dinero contante. Y ésa es también la ley a la cual se acogen esos ostentosos estafadores que conforman la nobleza hereditaria y la monarquía.