Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo -Nadie lo niega, claro está, pues lo que implica la ley es que lo del señor es suyo y lo mío también es suyo. Teníamos las tierras en arriendo, por lo que en realidad era como si le perteneciesen, y podía disponer de ellas a su antojo. Hace poco sucedió que tres de esos árboles aparecieron talados. Nuestros tres hijos mayores, despavoridos, corrieron a dar cuenta del crimen. Pues bien, en las mazmorras de su señoría se hallan y ha dicho que allí se quedarán hasta que confiesen o se pudran. Nada tienen que confesar, siendo como son inocentes, así que allí permanecerán hasta la muerte. Sabéis bien cómo suele ocurrir, supongo. Imaginad el estado en el que quedamos: un hombre, una mujer y dos criaturas para recoger una cosecha que había sido pateada por un grupo mayor y más vigoroso, sí, y además protegerla día y noche de las palomas y de los animales depredadores, a los que no podemos hacer daño alguno, pues se consideran sagrados para gente de nuestra condición. Cuando la cosecha de su señoría estaba casi a punto para la recolección, también lo estaba la nuestra. Y cuando hizo sonar la campana para que acudiésemos a sus campos a segar sin recibir nada a cambio no permitió que las dos niñas y yo reemplazáramos a mis tres hijos cautivos; sólo contábamos por dos de ellos y debíamos pagar una multa diaria por el que faltaba. Mientras tanto, nuestra cosecha se echaba a perder, pues no había quien se pudiese hacer cargo de ella. Entonces tanto el cura como su señoría nos multaron por el perjuicio que estábamos ocasionando a las partes que les correspondían. Cuando llegó el momento en que las multas eran superiores al valor de la cosecha... se la quedaron toda. Se la quedaron toda y nos obligaron a recogerla, sin pagarnos nada y sin darnos de comer, aunque nos moríamos de hambre. Luego vino lo peor: fuera de mis cabales por el hambre, la pérdida de mis hijos, el dolor de ver vestidos con andrajos a mi marido y a mis pequeñas hijas, miserables, desesperados, proferí una grave blasfemia, ¡ah, una y mili, contra la Iglesia y sus métodos. Ocurrió hace diez días. Ya había contraído este mal y dije las terribles palabras en presencia del cura, pues había venido a reprenderme por no exhibir la debida humildad ante la mano justiciera de Dios. Informó a sus superiores de mi transgresión. Me negué a retirar mis palabras, y al poco tiempo cayó sobre mí y sobre los míos la maldición de Roma. Desde ese día, la gente nos evita y nos da la espalda con horror. Nadie se ha acercado a esta choza para saber si seguíamos con vida o no. Todos los otros cayeron enfermos con el mismo mal; entonces yo, como esposa y como madre, hice acopio de fuerzas y me levanté. Muy poco hubiesen podido comer de cualquier modo; ahora no había nada. Pero podía darles agua. ¡Cómo la imploraban! ¡Cómo la bendecían! Hasta que llegó el final; las fuerzas me abandonaron. Fue ayer cuando, por última vez, vi con vida a mi marido y a ésta, la menor de las niñas. Aquí he permanecido tumbada todas estas horas, que me han parecido siglos, escuchando, escuchando, atenta a cualquier sonido allá arriba que...