Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Los incendios me interesaban considerablemente, pues ya había dado los primeros y decididos pasos para poner en marcha una compañía de seguros, y además había empezado a adiestrar a algunos caballeros y a construir máquinas de vapor con vistas a la creación eventual de una brigada de bomberos subvencionados. Los curas se oponían a mis seguros contra incendio y a mis seguros de vida, aduciendo que se trataba de un intento insolente de entorpecer los designios de Dios. Si les señalabas que estas iniciativas no entorpecían en lo más mínimo esos designios, sino que sólo modificaban sus terribles consecuencias cuando te hacías una póliza y tenías suerte, te respondían que aquello equivalía a especular con los designios divinos, lo cual era igualmente pernicioso. Se las arreglaron para perjudicar dichas empresas en mayor o menor grado, pero logré compensar el desaguisado con el seguro contra accidentes. Por regla general, un caballero andante es un bobalicón, a veces incluso un imbécil y, por lo tanto, terreno abonado para los locuaces propagadores de supersticiones, pero hasta un caballero podía darse cuenta de vez en cuando del aspecto práctico de algún asunto por lo que en los últimos tiempos era dificil hacer la limpieza después de un torneo y reunir los despojos para dilucidar los resultados, sin encontrar dentro de cada yelmo una de mis pólizas contra accidentes.