Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Nos quedamos allí un buen rato, en medio de la quietud y la espesa oscuridad, observando el destello rojo en la distancia e intentando interpretar el significado de un lejano murmullo que aparecía a intervalos y volvía a extinguirse en la noche. A veces se hacía más fuerte y por un momento parecía menos remoto, pero cuando esperábamos ansiosamente que iba a revelarnos su causa y naturaleza, se apagaba y se perdía, llevándose su misterio. Comenzamos a descender la colina en esa dirección, pero el camino serpenteante nos sumergió inmediatamente en una densa oscuridad, una oscuridad apretadamente encajonada entre dos paredes de altos árboles. Recorrimos a tientas poco más de medio kilómetro, mientras el murmullo se hacía cada vez más claro y la tormenta que amenazaba se hacía cada vez más inminente, anunciándose con esporádicas ráfagas de viento frío, relámpagos incipientes y algún trueno distante y amortiguado. Yo caminaba delante. Tropecé con algo..., algo suave y pesado que cedió levemente ante el empuje de mi peso. En ese preciso momento un relámpago nos iluminó y pude ver a unos centímetros de donde yo estaba el rostro contorsionado, atormentado, de un hombre que colgaba de un árbol. ¡Era una escena horripilante! Seguidamente se oyó un trueno ensordecedgr, se abrió la bóveda celeste y comenzó a caer un diluvio. De todos modos me parecía que debíamos cortar la soga de la que pendía el hombre, por si aún quedaba un aliento de vida, ¿no creéis? Ahora los rayos eran intermitentes, alternando con frecuencia inusitada el mediodía y la medianoche.