Un yanqui en la corte del rey Arturo

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No le faltaba razón en lo que decía, de modo que continuamos nuestro camino. En un trayecto de poco más de un kilómetro pudimos contar a la luz de los relámpagos otras seis figuras que colgaban de los árboles. ¡Una excursión francamente siniestra! El murmullo indistinto ya no era un murmullo, ahora era un rugido, el rugido de voces humanas. De improviso, una sombra surgió de las tinieblas y un hombre pasó a nuestro lado como una exhalación, seguido de cerca por otras sombras humanas en pos de él. Desaparecieron. Después de un momento se presentó una escena similar, y luego otra, y otra más. Luego, después de un brusco recodo del camino, el incendio apareció ante nuestra vista... Se trataba de una enorme casa señorial, de la cual ya quedaba poco, o apenas nada. Por todas partes se veían hombres que huían a todo correr y otros que los perseguían iracundos.

Le advertí al rey que éste no era sitio seguro para unos forasteros. Sería conveniente que nos apartásemos de la luz hasta que las cosas mejorasen un poco. Retrocedimos unos pasos y nos ocultamos en el lindero del bosque. Desde nuestro escondrijo alcanzábamos a ver hombres y mujeres perseguidos por una turba. Tan espantosa actividad se prolongó hasta poco antes de la madrugada. Sólo entonces, cuando ya el fuego se había extinguido y la tormenta había pasado, cesaron las voces y los pasos precipitados, y volvieron a reinar la oscuridad y el silencio.


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