Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo -Bien, entonces diré lo que pienso y no tendré temor de que lo repitas. Creo que anoche se cometió una injusticia diabólica con esa pobre gente. El viejo barón recibió sencillamente lo que merecía. Si de mí dependiese, correrían la misma suerte todos los de su clase.
El miedo y el abatimiento desaparecieron del rostro del hombre, cediendo el paso a una expresión de gratitud y animación.
-Aunque fueseis un espía y lo que decís sea solamente una trampa para perderme, iría feliz a la horca con tal de volver a oír palabras tan refrescantes, que son como un banquete para alguien que ha pasado hambre toda su vida. Y ahora seré yo quien diga lo que pienso, y podéis delatarme si así os place. Ayudé a colgar a mis vecinos porque peligraba mi propia vida si no mostraba fervor en la causa de mi señor, y ésa es también la razón por la que ayudaron los demás. Aunque hoy todos se alegran de que haya muerto, simulan estar apenados y lloran con lágrimas de hipocresía, ¡porque en ello reside su seguridad! ¡He pronunciado las palabras! He pronunciado las únicas palabras que han dejado en mi boca un buen sabor, y gozar de ese sabor es recompensa suficiente. Ahora podéis conducirme adonde queráis, aunque fuese al patíbulo, pues estoy presto.