Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo -Pobres muchachos. Están perdidos. Y eran tan buenos chicos.
-¿De verdad que te encaminabas ahora a acusarlos?
No sabía muy bien cómo interpretar estas palabras, pero después de un momento dijo dubitativamente:
-Ss... sí.
-Entonces opino que eres un condenado canalla.
Se alegró tanto como si le hubiese dicho que era un ángel.
-Repetid esas hermosas palabras, hermano. ¿Queréis decir que no me delataréis si no cumplo con mi deber?
-¿Deber? Aquí no hay más deber que el de mantener la boca cerrada y dejar que esos hombres escapen. Han hecho lo que tenían que hacer.
Pareció satisfecho; satisfecho, pero en su semblante se leía una tenue aprensión. Miró hacia ambos lados del camino para cerciorarse de que no venía nadie y luego dijo en un tono cauteloso:
-¿De qué tierra venís, hermano, que pronunciáis palabras tan arriesgadas y no parecéis tener miedo?
-No son palabras arriesgadas si se dirigen a alguien de la misma condición. Me parece. ¡Porque no se te ocurrirá contar lo que te he dicho!
-¿Yo? Antes me dejaría descuartizar por cuatro caballos salvajes.