Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo
Caminábamos de manera indolente y seguÃamos hablando. DebÃamos tardar más o menos el mismo tiempo que nos hubiese costado llegar hasta la aldea de Abblasoure, poner a la justicia tras la pista de los asesinos, y regresar a casa. Mientras tanto, tenÃa un interés adicional que no habÃa disminuido ni habÃa perdido novedad durante toda mi estancia en la corte del rey Arturo: la forma de tratarse entre sà los caminantes que casualmente se cruzaban por el camino, un comportamiento que correspondÃa a una clara y exacta subdivisión en castas. Con el monje de afeitada cabeza, que caminaba con paso pesado, la capucha sobre los hombros y el sudor resbalándole por la gruesa papada, el carbonero se mostraba profundamente reverente; con el caballero era servil; con el pequeño granjero y el mecánico independiente se volvÃa cordial y charlatán; y cuando nos cruzábamos con un esclavo, inclinado, con su cabeza respetuosamente gacha, entonces la nariz del carbonero se elevaba hacia los cielos y, por supuesto, ni siquiera se dignaba verlo. En fin, hay ocasiones en que a uno le gustarÃa colgar a toda la raza humana y terminar con la farsa de una vez por todas.
