Un yanqui en la corte del rey Arturo

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31. Marco

 

Caminábamos de manera indolente y seguíamos hablando. Debíamos tardar más o menos el mismo tiempo que nos hubiese costado llegar hasta la aldea de Abblasoure, poner a la justicia tras la pista de los asesinos, y regresar a casa. Mientras tanto, tenía un interés adicional que no había disminuido ni había perdido novedad durante toda mi estancia en la corte del rey Arturo: la forma de tratarse entre sí los caminantes que casualmente se cruzaban por el camino, un comportamiento que correspondía a una clara y exacta subdivisión en castas. Con el monje de afeitada cabeza, que caminaba con paso pesado, la capucha sobre los hombros y el sudor resbalándole por la gruesa papada, el carbonero se mostraba profundamente reverente; con el caballero era servil; con el pequeño granjero y el mecánico independiente se volvía cordial y charlatán; y cuando nos cruzábamos con un esclavo, inclinado, con su cabeza respetuosamente gacha, entonces la nariz del carbonero se elevaba hacia los cielos y, por supuesto, ni siquiera se dignaba verlo. En fin, hay ocasiones en que a uno le gustaría colgar a toda la raza humana y terminar con la farsa de una vez por todas.


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