Un yanqui en la corte del rey Arturo

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Nunca en mi vida había visto gente tan torpe manejando la maquinaria. Claro, no tenían ninguna experiencia al respecto. La pistola de aire comprimido era un pequeño tubo de vidrio endurecido, con un cañón doble, dotado de un resorte diminuto que, sometido a una presión, dejaba escapar un disparo. Pero el proyectil no podía hacer daño a nadie; caía dócilmente en la mano de quien disparaba. La pistola tenía proyectiles de dos tamaños, el minisemilla de mostaza, y otro que era varias veces más grande. Se utilizaban como dinero: el semilla de mostaza representaba los milréis, y el proyectil mayor, los décimos de centavo. Así que la pistola era un monedero, y por cierto muy conveniente; podías efectuar pagos en la oscuridad, sin temor a equivocarte; y podías llevarla en la boca, o en el bolsillo de tu chaleco, si es que tenías uno. Yo había dispuesto que se fabricaran pistolas de distintos tamaños, incluyendo una enorme que podía dar cabida al equivalente de un dólar. Utilizar proyectiles como dinero era ventajoso para el gobierno; el metal no nos costaba nada, y las unidades monetarias no podían ser falsificadas pues yo era la única persona en el reino que sabía poner en funcionamiento la máquina para acuñar. La expresión «pagar los disparos»[14] pronto se convirtió en una frase de uso corriente. Sí, y yo sabía que continuaría en circulación en el siglo xix, sin que nadie sospechase cómo y cuándo se había originado.


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