Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo -Ah, vaya, vaya. ¿Y también es un sueño que mañana vais a ser quemado en la hoguera? Ja, ja. ¿Qué me respondéis? Me sacudió en ese momento un apabullante estremecimiento. Comencé a razonar que mi situación era sumamente grave, fuese o no fuese un sueño, pues conocía por experiencia la intensidad tan vívida de los sueños, y sabía que morir en la hoguera, aun en sueños, distaba mucho de ser una broma, y era algo que debía evitar por todos los medios a mi alcance, falsos o verdaderos. Así que le dije en tono de súplica:
-Ah, Clarence, mi buen joven, mi único amigo, porque eres mi amigo, ¿verdad?; no me falles. ¡Ayúdame a trazar un plan para escapar de aquí!
-¡Pero qué cosas decís! Por favor, si los pasillos están custodiados yvigilados por hombres de armas.
-Sin duda, sin duda. ¿Pero cuántos, Clarence? ¿Quizá no muchos?
-Una veintena completa. No habría esperanza de escapar -luego dijo, dubitativamente-: Y hay otras razones, y de mayor peso.
-¿Otras razones? ¿Cuáles?
-Bueno, dicen... ¡Ah, pero no me atrevo, de verdad que no me atrevo!
-¿Pero qué te pasa, pobre hombre? ¿Por qué palideces? ¿Por qué tiemblas?