Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo -¡Ah, por cierto, es necesario! Quisiera deciros, pero... -Vamos, vamos, sé valiente, pórtate como un hombre; habla; anda, sé buen chico.
Clarence dudaba, indeciso entre el deseo de ayudarme y el miedo que sentía... Después de un momento se acercó furtivamente a la puerta y se asomó. Luego gateó hasta llegar a mí y me susurró al oído sus terribles noticias, con el recelo de alguien que se aventura en un terreno espantoso y que habla de cosas cuya sola mención pudiera ser castigada con la muerte.
-Merlín, en toda su maldad, ha hechizado esta mazmorra, y no hay en todos estos reinos una persona tan temeraria que intentara salir de aquí con vuestra merced. ¡Dios, ten piedad! ¡Lo he dicho! Ah, sed bueno conmigo, tened clemencia de un pobre muchacho que sólo desea vuestro bien. Si me traicionaseis, estaría perdido.
Me reí, con una risa tan refrescante como no lo había hecho en mucho tiempo. Empecé a vociferar:
-¡Merlín lo ha hechizado! ¿Merlín? ¡Olvídate! ¿Ese farsante de pacotilla? ¿Ese viejo embustero? Bobadas, puras bobadas, las bobadas más estúpidas del mundo. ¡Que me cuelguen si de todas las supersticiones idiotas, pueriles, mentecatas, descabelladas que han existido en..., ah, maldito sea Merlín!