Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Pero antes de que terminase, Clarence habÃa caÃdo de rodillas a mi lado, y parecÃa a punto de enloquecer de miedo. -¡Ay, tened cuidado! ¡Habéis pronunciado palabras espantosas! En cualquier momento pueden desmoronarse sobre nosotros estos muros si continuáis diciendo tales cosas. ¡Ay, renegad de ellas antes de que sea demasiado tarde! Aquella extraña demostración me dio una idea de lo que ocurrÃa en tal sitio y me dejó pensativo. Si todo el mundo se encontraba tan honesta y sinceramente intimidado como Clarence por la supuesta magia de MerlÃn, ciertamente un hombre superior, como yo, debÃa ser lo suficientemente astuto para ingeniarse alguna manera de sacar provecho de tal estado de cosas. Seguà pensando y discurrà un plan. Después de un momento dije:
-Ponte en pie y cálmate; ahora mÃrame a los ojos. Bien, ¿sabes por qué me reÃ?
-No, pero por el amor de Nuestra Señora Bendita, no lo hagáis de nuevo.
-Te diré por qué me reÃ. Porque yo también soy mago.
-¡Vuestra merced!