Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Maldición, me repitió hasta la saciedad sus argumentos para demostrarme que en cualquier mercado decente con toda seguridad habría alcanzado una cotización de veinticinco dólares, lo cual era desde luego un desatino, y la más atrevida e implícita de las presunciones. Ni siquiera yo valía tanto. Pero era un tema de discusión delicado, y me vi obligado a eludirlo y a actuar diplomáticamente. Haciendo caso omiso de mis escrúpulos de conciencia, cínicamente aceptaba que hubiese podido ser tasado en veinticinco dólares, cuando sabía muy bien que en toda su historia el mundo no había producido un rey que valiese la mitad de ese dinero, y que en los próximos trece siglos no existiría uno solo que valiese la cuarta parte. Sí, el rey me aburría muchísimo. Si comenzaba a hablar de las cosechas, o del estado del tiempo en los últimos días, de las condiciones políticas, o de perros, gatos, moral o teología, fuese lo que fuese, yo tenía que suspirar hondamente, pues sabía lo que se aproximaba: encontraría la manera de regresar al fatigoso asunto de los siete dólares. Cada vez que nos deteníamos en un sitio donde hubiese un grupo de gente reunida, me lanzaba una mirada inequívoca que quería decir: «Si nos pusieran de nuevo a la venta ahora, ante esta gente, el resultado sería muy diferente». Lo cierto es que, si al principio me había regocijado secretamente ver que era vendido por siete dólares, al cabo de un tiempo de cargantes y agotadores comentarios sobre el asunto, llegué a desear que hubiera sido tasado en cien. Y no había esperanza de que abandonase el tema, porque cada día, en uno u otro sitio, siempre aparecía algún posible comprador que nos examinaba y al llegar al rey hacía un comentario de este tipo: