Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo No sólo renové mi desafío, sino que aumenté sus proporciones. Les dije que el día que eligiesen, y acompañado tan sólo de cincuenta ayudantes, estaba dispuesto a enfrentarme a las masas de la caballería andante de toda la tierra y a destruirla.
Esta vez no se trataba de un farol. La cosa iba en serio, y podía cumplir lo que prometía. No había ninguna posibilidad de malentendido en la redacción de mi desafío. Incluso los más obtusos de entre los caballeros andantes comprendieron que la opción era muy clara: «Jugarse la vida, o callarse la boca». Esta vez fueron prudentes y optaron por lo segundo. En los tres años siguientes no me causaron ningún problema digno de mención.
Consideremos que han transcurrido tres años velozmente, y echemos una buena ojeada alrededor de Inglaterra. Un país feliz, próspero y extrañamente cambiado. Escuelas por todas partes y varias universidades. Un buen número de periódicos de bastante calidad. Incluso la literatura estaba dando sus primeros pasos; sir Dinadan, el Humorista, había sido su pionero, con una colección de vetustos chistes que me sabía de memoria desde hacía trece siglos. Si hubiese eliminado aquel viejo y apestoso chiste sobre el conferenciante yo no hubiese dicho nada, pero no lo hizo así, y desde luego no lo pude soportar. Proscribí el libro y mandé colgar al autor.