Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Entre tanto, había algo que permanecía arrinconado en el fondo de mi mente. Se trataba de una casi convicción de que cuando aquella gente supersticiosa conociera la naturaleza de la catástrofe que yo me proponía causar, el efecto sería tal, que intentarían llegar a un compromiso. Cada vez que escuchaba pasos que se acercaban me volvía a la cabeza aquel pensamiento, y me decía a mí mismo: «Bueno, si es una oferta ventajosa, está bien, aceptaré; pero, si no lo es, me mantendré inexorable y sacaré el mayor provecho posible de mi juego».
-La pira está lista. ¡En marcha!
¡La pira! Las fuerzas me abandonaron y por poco me desmayo. Es difícil recobrar el aliento en momentos como ése, pues se te hace un nudo en la garganta y las palabras brotan ahogadas, entrecortadas, pero tan pronto como pude volver a hablar dije:
-Pero tiene que haber un error. La ejecución es mañana.