Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo La broma provocó una buena risotada, las dudas de los muchachos se esfumaron y todos se dirigieron a ocupar sus puestos de buen humor. Verdaderamente eran cincuenta y dos chicos estupendos y tan hermosos como señoritas.
Ahora sí que estaba listo para hacerle frente al enemigo. Cuando llegase el gran día nos encontraría en nuestros puestos.
Y el gran día llegó. Al amanecer, el centinela que hacía la guardia en el corral llegó a la cueva con noticias de una mancha negra que avanzaba en el horizonte y de un sonido distante que él creía identificar como de marchas militares. Después de desayunar les solté a los muchachos un pequeño discurso y luego envié un destacamento, mandado por Clarence, para ocuparse de la batería.
Cuando, al poco tiempo, el sol comenzó a enviar sus espléndidos rayos sobre la tierra, vimos cómo las huestes se movían lentamente hacia nosotros con el impulso constante y acompasado de las olas del mar. A medida que se acercaban, su aspecto se hacía más y más sobrecogedor. Sí; se diría que Inglaterra entera estaba allí. Pronto pudimos ver los innumerables estandartes ondeando al viento, al tiempo que el sol caía sobre aquel mar de armaduras haciéndolas resplandecer. Era un panorama soberbio; jamás había visto algo que pudiese superarlo.